Solidaridad
El concepto de solidaridad puede interpretarse de muchas maneras, tanto moral como social, o incluso religiosamente; y el hecho de estar manifestado de tal o cual forma no implica cambio alguno en la importancia vital de esta acción para el bienestar común. Sin embargo, de manera técnica podría definirse como la acción de dar o ceder al otro, sin compromiso, de manera que podamos satisfacer alguna necesidad del mismo sin esperar recompensa.
Ahora bien, una vez que la definición técnica está expresada, lo único que resta es aplicar el aprendizaje. Y este es precisamente el momento que elige el hombre para escapar, para excusarse; y entonces los conceptos social, moral y religioso de esta acción callarán, huirán. Pero hagámonos esta pregunta: ¿qué queda cuando las palabras y la voluntad huyen, aparte del recuerdo de haber cantado y enseñado y hablado por las calles y entre la gente hasta el hartazgo de la solidaridad? ¿Qué cuando todo deseo de cumplir nuestras palabras se desvanece en la fatiga, en el egoísmo, en la barrera que nos bloquea repentinamente, cuando nos vemos obligados a vencer nuestro propio bienestar para cederlo a otro? Y en la sociedad aún hay necesitados, y todavía están los que creen que están allí a causa de la ignorancia de los demás. Pero la gente es, muchas veces, más sabia de lo que demuestra.
El hecho de que la solidaridad se vea disminuida hoy en día no es en absoluto a causa de factores como la ignorancia o la excusa; es mucho más que eso. Es el egoísmo natural que sufre el ser humano, las cadenas con las que está innatamente atado mientras dure su existencia, por el mero hecho de ser hombre.
Sin embargo no basta con las palabras, y estas cadenas no son irrompibles; y es en unos pocos en los que nace el deseo de ayudar incondicionalmente, que tiene su origen en la búsqueda de libertad propia del corazón del hombre; porque es esta la que llevará a vencer las cadenas del egoísmo. Y es precisamente el sacrificio del egoísmo, el triunfo de la libertad, y la sabiduría, denominador común de ambos, de quienes nace la solidaridad y a través de los cuales se abre paso por el bienestar común de todos los hombres; y ni las palabras, ni las definiciones, ocupan un papel importante en esta fórmula. Porque la solidaridad es sabiduría, es sacrificio, no discursos vanos o deseos callados de hacer el bien. La solidaridad es pensamiento, pero, por sobre todo, es entrega y libertad, la entrega de practicar el bien para con todos los hombres y así construir un mundo mejor, y la libertad de saber y confiar en que es posible alcanzarlo.
